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Última actualización de la noticia: 19/06/2009
Hay personas con piel sensible o muy sensible que deben extremar la protección a la hora de exponerse al sol. Esta precaución se hace extensiva a cualquier actividad al aire libre y no solo para tomar el sol en la playa o en la piscina… Así hay personas con una extraordinaria hipersensibilidad e intolerancia al sol cuya primera manifestación es urticaria, enrojecimiento y picor en la piel.
Los dermatólogos clasifican las pieles expuestas al
sol en seis tipos o fototipos,
dependiendo de la facilidad de la piel para el
bronceado o para la quemadura. Cuando una piel es más
susceptible a quemarse que a broncearse, sería un
fototipo bajo. Los fototipos altos, del cuatro o del
cinco, serían personas que se queman menos y se
broncean con más facilidad. Esto se corresponde con
unas características fenotípicas, los fototipos bajos
corresponderían a personas de pieles claras, ojos
azules y pelo rubio, y los más altos tendrían la piel
más morena y el pelo oscuro. Por lo tanto, los
fototipos bajos serán siempre más sensibles.
Independientemente del fototipo, tenemos otro grupo
de pieles en personas especialmente susceptibles a
los daños provocado por el sol: los niños, que son
los más sensibles a las radiaciones. Y también
podríamos destacar por un lado a las personas que
tienen numerosos lunares en su cuerpo, y por el otro
a los ancianos, ya que su sistema protector está más
mermado.
Una alergia solar no ocurre en todas las personas,
aunque su frecuencia es alta, pero en determinados
casos su aparición se caracteriza por la presencia de
prurito, de un picor clásico, y posteriormente un
enrojecimiento, o la aparición de ronchas y pequeñas
manchitas rojas en la piel, que suelen aparecer entre
los treinta minutos y unas pocas horas después de la
exposición al sol. Hay otras alteraciones patológicas
por exposición a la radiación del sol, las
fototóxicas o fotoalergias, pero que ya entrarían en
otro grupo de reacciones patológicas a la exposición
solar.
La alergia solar ocurre en determinadas personas,
pero la exposición a la radiación ultravioleta,
la exposición al sol, tiene dos tipos de efectos: los
efectos normales, que todos somos susceptibles de
padecer, y los efectos patológicos, que ocurren a
quienes sufren de esta alergia.
Centrándonos en los efectos normales, que pueden
ocurrirle a cualquier persona, podemos dividirlos
también en dos tipos: los inmediatos o a corto plazo,
la quemadura, y los crónicos o a largo plazo, que
darían paso a la aparición del cáncer de piel, la
fotocarcinogénesis y un fotoenvejecimiento, todos
ellos relacionados entre sí, ya que la presencia de
quemaduras por la imposición de luz ultravioleta, va
a determinar la aparición del
cáncer cutáneo.
Anteriormente no se habían desarrollado protectores
ni había estudios epidemiológicos que relacionasen la
exposición solar con el cáncer de piel. Hoy en día se
ha llegado a la conclusión que la presencia de
quemaduras en la infancia y en la adolescencia son un
factor de riesgo determinante en el desarrollo del
cáncer de piel en la edad adulta. Hay que tener la
mayor precaución en las exposiciones solares intensas
y agudas en infancia y adolescencia, y más si van
acompañadas de quemaduras, porque multiplican ese
riesgo gravemente.
La fotoprotección hay que realizarla en todos los
grupos de edad, especialmente en la infancia, pero
vigilando ciertas excepciones, como el no aplicar
protectores a niños menores de seis meses, por su
nivel de absorción. La foto- educación, el hábito
saludable ante el sol, se debería llevar a cabo ya
desde esa infancia, no parando en la adolescencia,
sino para toda la vida, puntualiza el Doctor Agustín
Buendia, Profesor Titular de dermatología de la
Universidad de Granada.
Hablando de fotoprotectores, la típica crema solar,
lo ideal es que sea capaz de defender de las
quemaduras, pero también de los efectos a largo
plazo. Hay que escoger un filtro que ofrezca
protección frente a los rayos ultravioleta del tipo D
y del tipo A, que asegure una acción duradera sobre
la piel, que sea resistente al agua y al sudor, que
tenga una cosmética agradable y presente un índice de
protección adecuado a la piel de cada individuo,
aunque cuanto más alto, mejor.
Conviene hacer un inciso: no se debe olvidar que la
finalidad de la crema fotoprotectora no es prolongar
el tiempo de exposición, sino que es un ayudante más
para reducir los daños que nos produce el sol. No hay
que caer en el error de que si uno se pone la crema
solar puede estar al sol más tiempo, sino que ese
alguien debe de estar con crema para inhibir los
daños todo el tiempo que esté expuesto a ese sol,
para evitar al máximo las quemaduras.
Por un estudio realizado por investigadores
especializados, se sabe que el cuarenta por ciento de
los adolescentes que sufrieron quemaduras habían
utilizado un fotoprotector. El problema no es que los
protectores sean malos, es que la gente no sabe
aplicárselos, se ponen pantallas solares en muy poca
cantidad. Hay que aplicarlo media hora antes de
exponerse al sol, repetir a los veinte minutos y
reaplicar cada hora. La cantidad ideal son dos
miligramos por centímetro cuadrado, lo que supone
aproximadamente unos treinta gramos por aplicación.
Hay que ser generosos con el fotoprotector, y no
utilizar el mismo bote del año pasado, porque deben
ser consumidos en pocas semanas.
En el embarazo se produce una situación especial, con
un aumento de ciertos niveles hormonales, estrógenos,
progesterona, y además unos cambios específicos en la
piel de la mujer gestante. Estas hormonas estimulan y
favorecen la pigmentación cutánea y entre las
alteraciones de la piel de la mujer embarazada nos
vamos a encontrar con cambios en los lunares en la
forma y en un aumento de su número, pero también
cambios en la pigmentación y la aparición del
melasma, esas manchas extendidas por toda la cara, de
color marrón más o menos claro, y un contorno
relativamente irregular. Por ello hay que extremar la
fotoprotección, que sea muy completa, con sustancias
no fotosensibilizantes.
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